"Yo siempre supe que era el segundo piloto del equipo. Y si Oreste traza un plan de carrera, yo tengo que cumplirlo... Si Luis es mejor que yo, es lógico que él sea el primero."
—Emilio Bertolini
El año que pudo cambiar la historia.
Corría 1971 y el automovilismo argentino latía a un ritmo, donde el Sport Prototipo era una de las categorías más importantes.
Para Emilio Bertolini , la gloria ya tenía nombre propio tras consagrarse campeón de Mecánica Argentina F1 en 1970. El horizonte, sin embargo, brillaba al otro lado del océano: el Automóvil Club Argentino lo tentaba con el gran salto a Europa para correr en Fórmula 2 Europea junto a Carlos Reutemann . Era el sueño sagrado de la velocidad internacional.
Pero el destino, forjado entre talleres mecánicos y lealtades inquebrantables, tenía otros planos. Su mentor, Eduardo Copello , ( a quien le había encomendado las Relaciones Institucionales en Ika Renault) lo apartó del camino europeo. La gran apuesta de IKA-Renault exigía un “dream team” nacional bajo la batuta del genio de Alta Gracia: Oreste Berta . En el box principal ya esperaba a Luis Rubén Di Palma , el indiscutido estandarte de la casa.
La primera controversia se da antes de comenzar el campeonato porque era “vox populi” que tanto Berta como Di Palma querían a Marincovich en su equipo, era amigo de Luis y tenía una excelente relación con Berta. Pero pesó la decisión de Copello y Marincovich quedó fuera del equipo y Emilio fuera de seguir en Europa.
Por respeto, por gratitud y por mandato de Copello, Bertolini renunció a Europa. El precio fue alto: dejar afuera a su amigo Carlos Marincovich y aceptar el rol más ingrato y luminoso a la vez: ser el escudero del ídolo máximo en el equipo Berta YPF .
Para confirmar estos hechos Marincovich decía: " Yo tenía toda la idea que en el 71 iba a correr en el equipo de Berta junto a Di Palma. Pero a último momento Oreste me dice que la fábrica (Ika-Renault) le había pedido que pusiese a Emilio Bertolini en el equipo. Yo había probado esos autos en Córdoba y andaban una barbaridad, con motor tres litros andaban mejor que los cuatro litros ".
La cruz del número dos
El bautismo de fuego en 1971 pareció darles la razón a los estrategas. En la primera fecha, Bertolini aplastó a bordo del Berta-Tornado con una contundencia implacable, mientras Di Palma penaba en el octavo puesto. El "segundo" demostró que tenía pasta de campeón.
Pero la ilusión resistió un suspiro. En la segunda competencia ambos abandonaron, y sobre el taller de Berta comenzó a cernirse la tormenta de la sospecha. Mientras Di Palma encadenaba una racha mítica de cinco victorias consecutivas al hilo rumbo al título, la máquina de Bertolini parecía maldita: siete abandonos y una interminable procesión de fallas mecánicas.
La comidilla del ambiente no tardó en estallar. Las malas lenguas hablaban de motores anémicos para el piloto de Buenos Aires. La cruda realidad técnica era impiadosa: los bloques de fundición sufrían de porosidad constante y escaseaban. El privilegio del primer piloto dictaminaba que el único block sano e indestructible fuera para el auto de Di Palma.
Aun en la adversidad, la hidalguía de Bertolini brilló con fuerza propia. En la última fecha en San Juan, ante la falta de repuestos para el motor "gordo", propuso armar él mismo un impulsor "flaco" —con treinta caballos menos de potencia—. Con las manos manchadas de grasa y la ayuda de su fiel mecánico, montó el motor menor, diseñó la táctica para neutralizar a los temibles Porsche oficiales y cruzó la meta en un heroico segundo puesto .
La retirada silenciosa
Con el telón de la temporada baja, Berta y Di Palma ratificaron la confianza ciega en Bertolini para 1972, abriéndole incluso las puertas de la Temporada Internacional al volante del imponente Berta V8. Todo indicaba que la tormenta de rumores había quedado atrás.
Sin embargo, en las últimas horas de diciembre, sacudiendo los nacimientos del deporte motor nacional, Bertolini renunció .
La noticia cayó como un rayo en los medios. Un desconcertado Di Palma admitió: "No sé por qué decidió dejar el equipo. Fue una determinación que tomó de repente y nos agarró a todos de improviso".
Ante la exigencia de la revista Corsa , días después, un enigmático Bertolini intentó explicar lo inexplicable: "Es difícil explicarlo. Tomé esta decisión hace algún tiempo. No estoy contento con mi actuación... El auto es sensacional, pero el balance final bajo mi punto de vista no fue positivo. Gané experiencia, manejé el mejor SP del país, pero no estaba... ¿Qué te puedo decir?"
Renunció al equipo, a la gloria internacional con el V8 y al amparo de las estructuras oficiales, marchándose sin un plan cierto y con la extraña paradoja de no haber recibido llamados de rescate desde Europa.
La leyenda del guerrero silencioso.
Para los fanáticos, el mito del "complot" jamás se extinguió del todo. Les dolía ver un talento semejante atrapado en la sombra de un destino esquivo. Pero la historia real, más allá de las leyendas urbanas, estuvo forjada de otra pasta: la de los hombres de honor.
Meses después, cuando Oreste Berta lo volvió a convocar para treparse al Berta V8 en Buenos Aires, Bertolini aceptó sin rencores. Los resultados deportivos ya no importaban; lo que quedaba en pie era la mística indestructible de los verdaderos protagonistas de nuestra época dorada.
Emilio Bertolini no necesitó coronas adicionales para entrar en el bronce: su nombre quedó grabado a fuego como el caballero silencioso que desafió a la leyenda y supo custodia con hidalguía la difícil corona del segundo de Di Palma.
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